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lunes, 1 de noviembre de 2010
Orgullosamente Peronista
Cuando murió Perón yo no era peronista. Tenía 17 años, cursaba 5º año en una escuela privada, mi familia, podríamos decir apolítica, era (lo sigue siendo) antiperonista, al igual que la mayoría de los que integraban el círculo en el que me movía. Tampoco fue un motivo de festejo. A pesar de las diferencias fue una jornada vivida sino con dolor, con un hondo respeto. Sabía que se moría un hombre importante, que si bien no tenía una idea acabada de su dimensión, presentía quizás que no iba a surgir en nuestra historia otro igual por mucho tiempo. Durante las exequias, todo fue gris, la lluvia y el llanto se mezclaban en las mejillas de miles y miles de personas. Horas frente a esa tele, también en la gama de los grises, viendo desfilar al pueblo, imaginando el color de las flores, de la ropa, aunque no había muchas opciones. Aún tengo en mi mente el rostro del colimba, grandote y morocho, que no pudo sostener la rigidez de estatua y sin romper filas rompió en un llanto desgarrador al paso de la cureña que llevaba los restos del general. Pero más allá del dolor y de las inclemencias climáticas, la gente tenía una gran tristeza porque intuía que se cerraba un ciclo, que se perdía una batalla, que comenzaba la derrota.
La vida me fue llevando desde una militancia en lo social a descubrir cual era mi verdadera identidad política. Allá por el 76 con un grupo de jóvenes íbamos una vez por mes al leprosario de General Rodríguez, allí conocí una interna, Blanquita, ella no se cansaba de repetir que era de River y de Perón. Ella estaba internada en la primera época del peronismo y decía que Perón fue el primero que se ocupo de ellos importando medicinas para solucionar su enfermedad. Fue la primera persona que me acercó al peronismo con un argumento irrefutable.
Después la vida, mi actividad en distintos lugares, mi afán de conocer nuestra historia, algunos cursos sobre doctrina social de la Iglesia, y la dura realidad que vivimos me fue llevando inexorablemente al lugar donde estaba sin saberlo, me fue llevando al peronismo.
Después de la noche sangrienta de la dictadura, y de una débil democracia, sin partidos políticos proscriptos, pero con una generación de dirigentes asesinada, y cuando el país estaba en el caos al borde del abismo, casi 50 años (medio siglo) después, apareció la figura desgarbada, anti protocolar, políticamente incorrecta (diría él), setentista, de un hombre que no figuraba en el programa, que vino a convencernos que lo que soñábamos, utópicamente hace más de 30 años, era posible.
Recuerdo sus primeros días de campaña, antes de contar con el apoyo de Duhalde, vino a Ituzaingó, yo fui a cubrirlo para la radio en la que tenía programa, el peronismo local, fiel a Duhalde, brilló por su ausencia, algunos dirigentes sin mucha representatividad, un puñado de militantes, algunas agrupaciones chicas y no todos los periodistas zonales, dedicados muchos de ellos a acompañar a los ganadores tras alguna pauta publicitaria que les financie el trabajo.
La impresión fue muy grata, nos saludó a todos, uno por uno, y con su estilo, que luego conocimos todos, bromeó y tiró cuatro o cinco conceptos tan cargados de doctrina, que nos dimos cuenta enseguida que ese tipo era, sin lugar a dudas, peronista.
El interrogante era cuanto iba a tener que bregar para poder llegar a la presidencia. De repente, cuando nadie, ni él, lo esperaba pasó a ser el candidato de Duhalde y ahí las dudas crecieron. Muchos sostenían que iba a ser el “chirolita” del “cabezón”.
Asumió de la manera más irreverente posible, y una vez sentado en el sillón de quien no pienso nombrar, sólo quedaba comprobar algo: una vez instalado ¿podría construir poder o sería interlocutor de quienes lo detentaban desde siempre?
No voy a ahondar en los detalles de su obra de gobierno porque todos saben que es lo que hizo, pero sí quiero detenerme en un aspecto, que tiene que ver con lo político. A quienes berreamos en contra de los que sostenían que las ideologías habían muerto, y a la sociedad toda, nos convenció que era mentira, que todo era un maquillaje para poder cubrir un desgobierno que pretendió disimular con el camuflaje de la globalización una clara decisión entreguista que le puso al país una bandera de remate. Que dejo al pueblo sin trabajo, desocupado, o sea, sin ocupación, y a los que lo tenían, en una situación de precarización casi extrema. Kichner a los peronistas nos devolvió la identidad y cuando el peronismo se fortalece en sus principios, el pueblo, indefectiblemente, vive con esperanza porque sabe, intuye, que es el destinatario de todas las acciones de gobierno. La política, mala palabra en las últimas décadas del siglo pasado, volvió a revalorizarse en la primera década de este siglo. Nosotros, la gente, comenzamos a sentir la necesidad de participar, de sentirnos necesarios para motorizar el cambio. Viendo algunos videos del 2001 la gente salió a la calle con cacerolas, como si fueran seguidores de Doña Petrona, el Gato Dumas o del partido Gourmet, cuya única ideología era no me toquen los ahorros. Hubo excepciones, ya lo sé, pero eran los menos. Hoy salimos con banderas, pancartas, de las más variadas agrupaciones, políticas y sociales. Los trabajadores, a través de sus sindicatos, con sus buenas y malas, vuelven a ser la columna vertebral del momento histórico que nos toca vivir. Hoy volvimos a sentirnos incluidos en un modelo de país que nos hace lugar.
Y cuando todo marcha en una dirección, de repente, al tipo se le ocurre morirse, y esta vez sí, me sorprende no, ante la muerte de una personalidad importante de nuestra historia, sino ante la muerte inoportuna del que me había devuelto la esperanza. Como si quisiera transformar el censo del miedo (que quisieron instalar) en el censo del dolor. Se fue en un día radiante, peronista diría Sojit, y el pueblo se fue a la Plaza, ¿a cuál?, a la de siempre. Esperando al censista para salir de raje a esperarlo. Y fueron días tristes, de llanto pero de esperanza. Sabíamos que a pesar de todo, el dolor, el desconcierto, la tristeza, nada terminaba. No habíamos perdido ninguna batalla, no cerrábamos ningún ciclo, al contrario si alguien tenía alguna duda, se convenció que no hay lugar para el retroceso. Kichner nos embarcó en un viaje de ida. Nos devolvió el orgullo de ser peronistas, porque no se confundan, nosotros somos el peronismo, cabezones, colombianos, excorredores , jettattores, puntanos y demás, abstenerse. Las banderas de Perón y de Evita nunca flamearon como en estos tiempos y son nuestras y no las vamos a dejar. Tenemos un país en marcha y no lo vamos a detener.
El llanto del colimba no estuvo en la plaza, hubo lágrimas de tristeza pero llenas de esperanza y compromiso. Néstor puede estar tranquilo, él sabe qué tipo mujer nos gobierna, qué dirigente nos conduce, y sabe qué pueblo la acompaña. Y lo sabe porque con ella militó toda la vida y a nosotros él mismo nos formó y nos devolvió la necesidad de participar.
Compañeros y compañeras, hoy es domingo, cae la noche y con ella se adormece el duelo para amanecer mañana despiertos y dispuestos a continuar con este camino que inexorablemente nos llevará a una Patria justa, libre y soberana. La misma que comenzaron Perón y Evita hace más de sesenta años, la misma que retomaron Néstor y Cristina, y que en ambos casos tiene al pueblo como protagonista principal de la historia.
CLAUDIO RABINO (NDM)
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